Aquí es un deíctico espacial. También un inmenso
libro de poemas de Eleonora Rosana Acosta donde
se dan cita palabras eufónicas como oropéndola, el
ave de oro o Ikeya-Seki, el cometa que llegó a ser tan
brillante como la luna con su hermosa cabellera y su
magnífica cola.
Aquí, entonces, es toda una polisemia que inter-
pela al lector. Aquí, ¿dónde? En esta vida, en el plane-
ta Tierra, en este cronotopo, fugaz como Ikeya-Seki
pasajero como un ave dorada que muere.
Hay motivos constantes y preocupaciones que se
reiteran en el libro. “El tiempo es un espacio”, dice
Rosana Acosta, es un círculo, y son ciclos solares y
estaciones con lluvias, flores y hojarascas.
Se renuevan los amaneceres que dejan atrás las
noches y la luna en una ciudad donde “La sirena de
un tren interrumpe/ rescatando/ desdobla el papel
de la memoria”.
Imágenes luminosas y sonoras se mezclan con
fragancias y sabores en sinestesias que despiertan
múltiples sensaciones en el lector y revelan el locus
enunciativo.
La poesía de Aquí es el grito del zorro, el grito del
universo, la búsqueda del sentido del ser y de la exis-
tencia humana. No en vano el poema que abre el li-
bro nos habla de las aguas fecundas de los océanos
recibiendo al sol en un movimiento de ondas agó-
nicas.
Aquí es también estar, buscar la palabra, dar for-
ma al lenguaje y expresar el ciclo vital, la precarie-
dad de la infancia y la vida como recorrido impreciso
a la intemperie: “aquí no hay nadie/ sólo se es/ se
permanece/ si es posible…” dice la poeta.
El deseo como impulso vital se advierte en “Hu-
mus”, poema en el que, a través de construcciones
paralelísticas y anafóricas, se encadenan los deseos
intangibles del goce sensible de la naturaleza.
Y somos, al decir de Rosana Acosta: “Ulises, Na-
die, Cualquiera” en intentos continuos de lograr la
comunión con el entorno identitario y de expresar
la relación vivencial con la comunidad de la que so-
mos parte.
Pero también el cuerpo está furtemente presente
en esta poesía de Aquí, un cuerpo sensible capaz de
percibir a través de la piel, de expresarse con la voz,
de mirar a través de la sinécdoque del iris, de hablar
y silabear gracias al complejo sistema mente- cuer-
po, de jugar con los sonidos y el silencio.
Aquí es poesía primordial, metapoesía que bus-
ca la palabra evanescente; dice Rosana Acosta en el
poema “Anagnórisis”: “Estoy de duelo:/ una pala-
bra/ me separa de los cofres donde el agua/ se asocia
con la piedra./ una palabra/ me condena/ a la estirpe
de los que hablan”.
Poesía como danza butō es la de este libro. Con su
significado de descenso a las raíces, a la oscuridad,
a lo que no se puede expresar con palabras sino con
movimiento y ritmo, pero al mismo tiempo, el paso
firme y el arraigo a la tierra.
Aquí es un poemario en el que fluyen preocupa-
ciones metafísicas dichas con inquietante belleza, y
que sumergen al lector en un auténtico momento de
goce epifánico. Así lo vemos en el poema “Verdes”:
No quiero que me crezcan más árboles en la
piel indecisa
ni una hoja me queme la mirada.
Los rumores que envuelven mis orejas son
verdes
atraviesa la savia mi garganta…

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